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Estaba en segundo de carrera cuando, en un voluntariado con adolescentes, me dijeron: te hemos dado la clase más conflictiva de todas. Son los típicos niños que no quieren hacer nada. Suerte.

Llegué al aula, que era pequeña porque trabajábamos en pequeños grupos, y vi que aquellos chicos habían hecho una hoguera. Así, tal cual.

Sin pensarlo demasiado, pero con dudas en mi interior, les dije: voy a cerrar la puerta, contaré hasta 10, daré 3 golpes en la puerta y la abriré. Para entonces quiero la hoguera apagada, la ventana abierta y a vosotros sentados en las sillas con la agenda en la mesa.

Y así lo hice. Recuerdo que recé todo lo que supe mientras contaba hasta diez. Y mi agradable sorpresa fue que, cuando abrí la puerta, habían atendido todas mis indicaciones.

Lo primero que les pregunté fue: ¿Cómo os sentís normalmente en clase?

Tardaron en reaccionar de la sorpresa que les produjo la pregunta.

Y sí, eran chicos que habían tenido comportamientos fuera de lugar o incluso abusivos en clase, pero también que habían intentado hacerlo distinto y no habían tenido apoyo. Tenían miedos y heridas emocionales, creencias pobres sobre sí mismos, y sueños. Querían hacer cosas que sentían imposibles por ser quienes eran para los demás. Escuché todo lo que tenían dentro, las etiquetas que les habían puesto, su situación familiar y un sinfín de eventos emocionales importantes para ellos.

Ese día se produjo una conexión entre nosotros y todo fue diferente a partir de entonces: sus ganas, sus esfuerzos, sus notas, sus disculpas, su silencio en aquella clase… Pero, ¿qué es lo que había hecho yo realmente? Simplemente, escuchar con el corazón y la mente abiertos.

Y eso es importante, no solo para los profesionales que trabajamos con personas, sino para todas las relaciones que tenemos en nuestra vida. Porque no se trata de solucionarle la vida a nadie, sino de escuchar sin etiquetas, ni prejuicios, sin superioridad moral o deseos de enseñar algo, sino solo con ganas de escuchar y comprender. ¿Cuántas veces hacemos esto en nuestras relaciones cotidianas? ¿Cuántas veces escuchamos sin estar pensando en una respuesta, sino simplemente por el placer de escuchar y comprender?

Probablemente, menos de las que nos gustaría. Por eso escribo este artículo, para compartir con vosotros/as las 3 claves que me permitieron escuchar de forma respetuosa a esos 3 adolescentes y que procuro cultivar en mi día a día.

1. Acomódate en el silencio

Algunas personas se sienten incómodas en silencio, pero no hay un nada más próspero para escuchar que saber callar. Permite que la otra persona sea importante, que su mundo interior florezca. ¿Cuántas veces has querido decir algo y, como no había espacio, lugar, tiempo entre las distintas intervenciones, no lo has dicho?

Nada nos detiene más que la interrupción o la falta de espacio para ordenar nuestras ideas y expresarlas. El silencio contribuye a dar ese espacio, ese tiempo, esa preparación mental que muchas personas necesitan para hablar.

Te propongo un ejercicio: en tu próxima conversación, pregunta algo a la otra persona y guarda de 3 a 5 segundos tras la última palabra. Notarás que la otra persona se acomoda a ese espacio de silencio y lo llena también con su voz, continuando la expresión de sus emociones y pensamientos.

2. Resume su argumento

Cuando la persona ha expresado lo que quiere compartir nosotros/as, no tenemos la certeza de haber comprendido lo que esa persona quiere que entendamos. ¿Qué es lo mejor que podemos hacer? Resumir su argumento y preguntar, abiertamente, si estamos entendiendo bien.

Este ejercicio de comprensión ayuda a que la otra persona se sienta escuchada. A veces escuchamos pero no conseguimos que la persona sienta que la estamos escuchando. En este punto suele estar la clave de la cuestión.

No te apures en dar una respuesta, solo resume su argumento desde el respeto y el deseo de comprender.

3. Pregunta abiertamente

Cuando apreciamos a alguien, a veces nos cuesta mucho no caer en hacerle un interrogatorio sobre cómo está, dónde, cuándo, con quién y por qué. Respira. No tengas prisa. Respira…

En estos casos, las mejores preguntas son las abiertas, las que permiten la exploración de lo que es importante para esa persona, las que promueven una respuesta amplia y no se limita a una contestación de sí o no.

Por ejemplo:

-¿Te ha pasado algo en trabajo/instituto?

-No.

Y por ejemplo:

-¿Cómo te has sentido hoy en el trabajo/instituto?

-Puf, tú sabes.

-Vaya, ese «tú sabes» no suena a «muy bien». ¿Se debe a algo en particular?

-No, en general, no es que haya pasado algo hoy, es que estoy cansada de que difundan mentiras sobre mí a mis espaldas.

¿Notáis la diferencia? Los matices del lenguaje son importantes.

Responde en los comentarios: ¿conocías estas tres claves? ¿Hay alguna que te resulte fácil o difícil aplicar? ¿Añadirías alguna clave más?

¡Te leo en los comentarios!

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