El apego al lugar ayuda a explicar por qué hay lugares en los que podemos vivir durante años y no terminar nunca de sentirnos del todo en casa. Y otros a los que llegamos y, quizá sin saber explicar muy bien por qué, algo encaja. Hoy hablamos, por tanto, de psicología, pertenencia y apego al lugar para responder a la pregunta: ¿Qué hace que un lugar se sienta como hogar?
Para algunas personas, sentirse en casa significa abrir la ventana y ver árboles, escuchar animales, disponer de silencio y poder salir caminando al campo. Para otras sería casi lo contrario: necesitan calles con vida, cafeterías, museos, talleres, clubes, comercios o lugares donde resulte sencillo conocer a otras personas.
Hay quien necesita días luminosos. Quien disfruta especialmente del frío y la lluvia. Para algunas personas es importante vivir cerca del mar; otras no soportarían estar lejos de una gran ciudad. Y hay quien valora conocer a sus vecinos y quien encuentra bienestar precisamente en cierto anonimato.
Y quizá tú misma has vivido alguna vez algo difícil de explicar: «En teoría aquí debería estar bien… pero no termino de sentirme en casa». O lo contrario: «No sé qué tiene este sitio, pero aquí siento que puedo ser yo».
¿Por qué ocurre? La psicología, desde las ciencias sociales y de las emociones, lleva décadas estudiando nuestra relación con los lugares y nos ayuda a comprender algo importante: sentir hogar es mucho más complejo que tener una vivienda o vivir en el lugar en el que nacimos.
Sentirse en casa no depende solamente de dónde vives
De hecho, dentro del marco de la “psicología ambiental” encontramos conceptos como apego al lugar (place attachment), identidad de lugar (place identity) o dependencia del lugar (place dependence).
El apego al lugar hace referencia, de manera sencilla, al vínculo que podemos desarrollar con determinados entornos. Ese vínculo puede incluir emociones, pensamientos, recuerdos, comportamientos y relaciones, además de las características físicas y sociales del propio lugar. Uno de los modelos más utilizados lo explica precisamente a partir de tres componentes: la persona, los procesos psicológicos mediante los que se establece el vínculo y el lugar con el que nos relacionamos.
No hablamos, por tanto, de una ocurrencia anecdótica. Una amplia revisión de varios cientos de trabajos muestra que las personas seguimos desarrollando vínculos intensos con los lugares incluso en sociedades caracterizadas por la movilidad y la globalización.
El concepto de hogar psicológico amplía todavía más esta idea. En personas migrantes, por ejemplo, una revisión científica encontró que sentirse en casa puede implicar pertenencia, seguridad, intimidad, identidad, relaciones, objetos y significados, y no únicamente residir físicamente en un sitio concreto.
Por eso podemos tener una casa y no sentirnos en casa, y también podemos encontrar hogar muy lejos del lugar en el que nacimos.
Apego al lugar: ¿de qué está hecha nuestra sensación de hogar?
No existe una lista universal de ingredientes. Esto es importante, porque a veces hablamos de determinados lugares como si tuvieran objetivamente «mucha calidad de vida».
Imagina a dos personas. Una necesita silencio, contacto cotidiano con la naturaleza, animales cerca, espacio y poca estimulación. La otra necesita poder salir andando de casa y encontrarse con gente, actividades culturales, cafeterías, tiendas, talleres y oportunidades para conocer personas nuevas con facilidad.
La primera quizá se sentiría profundamente bien en una aldea pequeña. La segunda podría sentirse aislada allí. Y ninguna estaría equivocada. Podemos preguntarnos: ¿calidad de vida para quién?
Las investigaciones sobre la congruencia entre la persona y el lugar apuntan precisamente a que nuestra relación con un entorno depende también de cuánto sentimos que sus características y significados encajan con quienes somos. Una mayor congruencia entre la imagen que tenemos de nosotras mismas y el lugar se relaciona con mayor apego hacia él.
Por eso merece la pena mirar mucho más allá de si una vivienda es bonita. Puede importar: el paisaje; la arquitectura; el clima; la cantidad de días claros o grises; el ruido; el silencio; la densidad de población; la naturaleza; la flora y la fauna; la oferta cultural; la facilidad para socializar; la movilidad; la sensación de comunidad; el anonimato; el ritmo de vida; las relaciones; las costumbres; o la posibilidad de realizar aquellas actividades que para ti hacen que una vida se sienta tuya.
Un lugar también importa por la vida que te permite vivir
En la investigación sobre apego al lugar encontramos el concepto de dependencia del lugar: el vínculo funcional con un entorno, relacionado con cuánto ese sitio nos permite mantener nuestras actividades, estilo de vida u objetivos cotidianos.
A veces no echamos de menos un lugar simplemente porque «era bonito». Echamos de menos lo que podíamos hacer allí. Puede ser: salir caminando al campo; tener un museo cerca; observar determinadas aves; cultivar; vivir con animales; encontrar actividades sociales fácilmente; ir andando a todas partes; tener mar cerca; sentarnos en una cafetería conocida; practicar un deporte; participar en asociaciones; o poder disfrutar regularmente de silencio.
Y esto nos permite entender también por qué puede dolernos que un entorno cambie. Si desaparecen determinados árboles, especies, caminos, comercios, lugares de encuentro o posibilidades de uso, no cambia únicamente aquello que vemos: también puede cambiar la vida que ese lugar nos permitía vivir.
La investigación sobre duelo ecológico muestra, por ejemplo, que las pérdidas de ecosistemas, especies y paisajes pueden adquirir una dimensión emocional relacionada con los significados del lugar, nuestra identidad y el contexto social y político en el que esa pérdida sucede.
No significa que cada cambio ambiental provoque un duelo ni que haya que patologizar nuestra relación con la naturaleza. Más bien, que para algunas personas nunca fueron «solo unos árboles», «solo unas aves» o «solo un paisaje». Formaban parte de casa.
Apego al lugar y memoria: los recuerdos también viven en los lugares
Nuestros recuerdos tienen geografía. Una esquina puede recordarte quién eras a los quince años. Un camino puede contener cientos de paseos con alguien que ya no está. Una plaza puede devolverte a una etapa de tu vida. Una especie de árbol, un olor o determinada luz de la tarde pueden hacer aparecer de repente una versión anterior de ti.
La investigación sobre apego al lugar también contempla estas dimensiones relacionadas con memoria e identidad. En personas mayores, por ejemplo, una revisión distingue dimensiones físicas, sociales, económicas, psicológicas y autobiográficas del apego a los lugares.
Y estudios experimentales recientes sobre nostalgia asociada a lugares encuentran que recordar lugares significativos puede aumentar momentáneamente sensaciones como conexión social, significado vital, continuidad personal o autenticidad.
Esto no significa que vivir mirando hacia atrás sea necesariamente beneficioso. Pero sí puede ayudarnos a comprender algo: cuando pensamos «echo de menos aquel lugar», quizá estemos echando de menos también personas, experiencias, posibilidades y versiones de nosotras mismas que quedaron asociadas a él.
Y tú tampoco eres siempre la misma persona
Hasta ahora podría parecer que solamente necesitamos encontrar un entorno compatible con una personalidad fija, pero nosotras, como personas, también cambiamos.
Quizá el lugar perfecto para ti a los veinte años no sea el que necesitas a los cuarenta. Pueden cambiar tus prioridades, tus relaciones, tu trabajo, tu energía, tu necesidad de estimulación, tu manera de socializar, tu deseo de contacto con la naturaleza. Lo que consideras importante para cuidarte.
Por eso, a veces, un lugar deja de encajar y eso no significa necesariamente que nos equivocáramos al elegirlo. Quizá aquel lugar sí era hogar para la persona que éramos entonces.
Volver a casa después de emigrar… y descubrir que ya no encajas igual
Hay una experiencia que puede resultar especialmente desconcertante.
Te marchas durante algunos años y conservas dentro de ti una representación de «casa». Pero casa no se queda congelada esperando tu regreso. Las amistades continúan evolucionando. Las familias desarrollan nuevas costumbres. Cambian los roles. Llegan nuevas personas. Se construyen nuevas relaciones.
Y mientras todo eso sucede, tú también sigues viviendo. Has conocido otras formas de relacionarte, trabajar, organizar tu día, marcar límites o entender el mundo.
Entonces regresas y puede aparecer una sensación extraña: estoy en el lugar en el que se supone que debería sentirme en casa… y no termino de sentirme en casa.
La investigación denomina reaculturación al proceso de readaptación a nuestra cultura de origen después de haber vivido fuera. Una revisión sistemática de 55 estudios encontró que el estrés de reentrada aparece con bastante frecuencia, aunque las cifras varían mucho según cómo se mida y los estudios se han centrado excesivamente en poblaciones relativamente privilegiadas, por lo que no debemos generalizar sin cuidado.
Pero existe una experiencia cotidiana especialmente reconocible: las personas que se quedaron pueden seguir relacionándose con la versión de ti que conocieron antes de que te marcharas.
Quizá tú has cambiado, pero algunos vínculos siguen esperando que ocupes el antiguo papel. Tu familia tiene sus rutinas.Tus amistades construyeron una vida que no te incluía cotidianamente. Han entrado nuevas personas. Y tú llegas con otras costumbres, otras perspectivas y quizá otras necesidades.
No necesariamente porque nadie haya hecho nada mal. Simplemente: el lugar cambió y tú también cambiaste. También aquí el apego al lugar puede volverse más complejo: podemos seguir queriendo profundamente el lugar al que regresamos y, al mismo tiempo, descubrir que ya no encaja del mismo modo con nuestra vida actual.
El lugar donde naciste no tiene por qué ser tu único hogar
Esto puede ser especialmente reconfortante. Podemos desarrollar vínculos muy intensos con lugares a los que llegamos después.
Un estudio sobre personas migrantes muestra precisamente que distintos componentes del apego al lugar pueden desarrollarse progresivamente y coexistir y que incluso migrantes de primera generación pueden llegar a construir vínculos fuertes con sus lugares de destino.
Por eso quizá no necesitemos preguntarnos: «¿Cuál es mi verdadero hogar?» como si solo pudiera existir uno. Podríamos preguntarnos: «¿De qué lugares estoy hecha?»
Puede que uno contenga tu infancia. Otro, tu independencia o determinadas amistades. En uno puede estar el tipo de naturaleza que necesitas; en otro, tu libertad o la vida que quieres construir ahora.
Y puede que, con el tiempo, encuentres o construyas un lugar que reúna suficientes elementos importantes de todos ellos como para empezar a sentir: «Aquí también puedo ser yo».
Un pequeño ejercicio: ¿qué significa hogar para ti?
Antes de seguir, te propongo una pequeña reflexión. Piensa en dos o tres lugares en los que hayas sentido especialmente que podías ser tú.
No tienen que ser lugares donde hayas vivido.:
- Puede ser una ciudad.
- Una casa.
- Un pueblo.
- Una isla.
- El barrio de alguien.
- El lugar donde pasabas los veranos.
- O incluso una etapa concreta de un sitio.
Ahora pregúntate:
- ¿Cómo era el entorno?
- ¿Qué podías hacer allí?
- ¿Cómo era el clima y la luz?
- ¿Había naturaleza, cultura, movimiento, silencio?
- ¿Con quién estabas?
- ¿Te resultaba fácil relacionarte o disponer de intimidad cuando la necesitabas?
- ¿Cómo era tu ritmo cotidiano?
- ¿Qué versión de ti aparecía allí?
Y, sobre todo: ¿qué se repite entre esos lugares?
Quizá descubres que no echas de menos aquella ciudad en concreto. Echas de menos caminar a todas partes, la diversidad, la oferta cultural y sentir que podías reinventarte.
O quizá no echas de menos exactamente «aquel pueblo». Echas de menos el silencio, los animales, poder salir directamente a la naturaleza y sentir que conocías tu entorno.
Ese pequeño cambio de mirada puede convertir una nostalgia bastante difusa en información valiosa sobre quién eres y qué necesitas.
Si quieres ir más allá de esta primera reflexión: Mi mapa de hogar
Si mientras leías has empezado a reconocer cosas y has pensado: «Me gustaría ordenar todo esto y descubrir qué necesito realmente para sentirme en casa», he preparado un recurso pedagógico, práctico y amable precisamente para profundizar en ello:
🌷 Mi mapa de hogar
Una guía práctica para descubrir qué necesitas de un lugar para sentirte en casa
No es un resumen de este artículo: es el siguiente paso. A través de ejercicios guiados en PDF podrás explorar, entre otras cosas:
- qué lugares han sido importantes en tu historia y por qué;
- qué características físicas, sociales, naturales y culturales necesitas;
- qué actividades forman parte de tu sensación de hogar;
- qué necesitas de las personas y de la comunidad;
- qué elementos son esenciales para ti y cuáles simplemente preferibles;
- qué estás echando de menos en tu entorno actual;
- qué puedes intentar reconstruir donde estás;
- qué pertenece quizá a una etapa que ya terminó;
- y cuándo tiene sentido empezar a plantearte si necesitas un cambio mayor.
También incluye un espacio específico para quienes han vivido fuera y han regresado: «¿Qué traje conmigo y qué ya no cabe en el molde al que he vuelto?».
Mi intención es que puedas terminar con una especie de mapa personal de pertenencia: no para encontrar «el sitio perfecto», sino para conocerte mejor y tomar decisiones más conscientes sobre cómo y dónde quieres construir tu vida.
[BOTÓN: Quiero descubrir Mi mapa de hogar]
🌷 El recurso puede adquirirse de manera independiente y también forma parte del Gimnasio Emocional para las integrantes de nuestra Familia Emocional.
¿Y si el lugar en el que vivo ahora no tiene lo que necesito?
Conocernos mejor no significa que automáticamente tengamos que mudarnos. Ni tampoco que todo pueda resolverse «cambiando nuestra actitud». A veces podemos introducir cambios relativamente pequeños:
- Buscar otros espacios dentro de nuestra ciudad.
- Recuperar alguna actividad.
- Crear nuevas rutinas.
- Acercarnos a comunidades más afines.
- Encontrar maneras de estar más cerca de la naturaleza o de la cultura.
- Construir poco a poco nuevos lugares cotidianos.
Y otras veces puede haber un conflicto más profundo.
Apego al lugar y necesidades: cuando adaptarte no es suficiente
Quizá llevas mucho tiempo intentando adaptarte a un entorno que dificulta sistemáticamente la vida que deseas construir. Tal vez tu pregunta no es solo dónde quieres vivir, sino quién quieres ser allí. Y puede que volver a tu lugar de origen haya reabierto conflictos familiares, antiguos roles o una sensación de no poder ser plenamente la persona que eres ahora.
En situaciones así, el acompañamiento individual de Terapia Amable puede ayudarte a distinguir qué pertenece al entorno, qué pertenece a tu historia, qué necesitas, qué posibilidades reales tienes y qué decisiones son más respetuosas contigo hoy.
Y quizá no necesitas un proceso individual, sino seguir conociéndote, aprender a escucharte y compartir ese camino con otras personas sensibles. Ahí el Gimnasio Emocional tiene además algo especialmente relacionado con lo que estamos hablando en este artículo.
Es un espacio online, por lo que puedes formar parte de él vivas donde vivas. Pero no es únicamente disponer de contenidos o herramientas: con el tiempo hemos construido una comunidad que sus propias integrantes llaman Familia Emocional.
Y creo que ese nombre dice bastante. Porque a veces también necesitamos lugares (aunque no sean físicos) en los que podamos sentirnos un poquito más en casa. Un espacio donde compartir, aprender, participar en directos, sentirnos comprendidas y encontrarnos con otras mujeres sensibles sin importar si vivimos en una gran ciudad, una isla, otro país o una pequeña aldea.
El aprendizaje emocional forma parte del Gimnasio Emocional, por supuesto, pero también lo hace no tener que recorrerlo todo sola.
Sentir que pertenecemos a un lugar y sentir que pertenecemos con otras personas
Ambas experiencias están muy relacionadas, pero no son exactamente iguales. Puedes adorar el lugar donde vives y sentirte profundamente sola. O puedes disponer de personas importantes a tu alrededor y, aun así, sentir que aquel entorno nunca ha terminado de encajar contigo.
Si lo que más te resuena de esta lectura es precisamente la sensación de no encontrar tu sitio entre otras personas, he hablado con mayor profundidad de esa otra dimensión de la pertenencia aquí: ¿Por qué siento que no pertenezco a ningún sitio? Necesidad de pertenencia.
Sentirse en casa también puede ser una forma de conocernos
Quizá una de las ideas más importantes de este artículo sea esta: no existe un lugar perfecto para todo el mundo.
Comprender nuestro apego al lugar puede ayudarnos precisamente a reconocer qué elementos de un entorno nos sostienen, cuáles echamos de menos y cuáles quizá han dejado de encajar con la persona que somos hoy.
Nuestra sensación de hogar se construye en la relación entre quiénes somos, nuestra historia, las personas, el entorno y la vida que podemos desarrollar allí. Y esa relación puede cambiar.
Podemos perder pertenencia, recuperarla, sentirla en más de un lugar, crear nuevas raíces. También podemos descubrir que el lugar del que venimos ya no es necesariamente aquel en el que queremos quedarnos.
Así que, si últimamente sientes que no terminas de estar en casa donde estás, quizá no necesites comenzar preguntándote: «¿Qué me pasa?» Podríamos empezar con una pregunta un poquito más amable: «¿Qué necesito yo para sentirme en casa?»
Y ahora sí me encantaría conocerte un poquito más a ti: ¿Ha habido algún lugar en tu vida en el que hayas sentido con especial claridad «aquí puedo ser yo»? ¿Qué tenía aquel lugar que lo hacía diferente?
O quizá te ha ocurrido lo contrario: ¿has regresado alguna vez a un lugar que considerabas tu hogar y has descubierto que tú, el lugar o las personas habíais cambiado tanto que ya no se sentía igual?
Si te apetece, cuéntamelo en comentarios. Los leo personalmente y me encantará conocer tu experiencia.
Además, compartirla puede hacer que otra persona que llegue hasta aquí piense: «Ah. Entonces no soy la única a la que le ocurre algo así». 🌷
María 🌷
Pedagoga (col. nº1443/COPYPCV) y doctora en Psicología
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