Negatividad y queja son dos conceptos que, en la práctica y en la realidad, van muy de la mano. ¿Dirías que eres una persona que tiende a pensar en negativo? ¿Sueles quejarte, al menos, una vez a la semana? ¿Y una vez al día? 

Quejarte quizá del tiempo, de algo que hizo esa persona, del resultado de un proyecto, de cómo fue una reunión, de lo que tienes que hacer, de lo que te gustaría lograr pero no puedes, del pasado, del futuro, del presente…

¿Te identificas? ¿Se te ocurren más motivos de queja? ¿Alguna vez has deseado ser, o que alguien de tu entorno fuera, una persona más positiva, optimista, animada o alegre?

La queja es un elemento que convive con todas las personas, ya que naturalmente las cosas no siempre salen como querríamos. Sin embargo, ¿cuál es el límite? ¿Es beneficioso quejarnos o nos afecta a nuestra salud emocional? ¿Y cómo podemos mejorarlo? Eso es lo que vamos a abordar hoy en este artículo.

1. ¿Por qué soy una pesona negativa?

Cuando caemos en la negatividad, realmente estamos cayendo no en un modo de ser, sino en un comportamiento: la queja. Un comportamiento que tiene que ver con nuestra expresión emocional, que es natural y adaptativo pero que también puede llegar a no serlo.

La queja puede ayudarnos a expresar y transmitir lo que sentimos respecto a algo que nos incomoda o genera malestar. A menudo lo hacemos con la intención de aliviar eso que sentimos, ya sea a través del desahogo o a través del consuelo de otras personas que nos apoyen en nuestro discurso.

También puede llevarse a cabo con la intención de criticar algo o a alguien, ya sea de forma asertiva y constructiva o para hacer daño. La queja por sí sola no es buena o mala, positiva o negativa. Es la repetición y la intención lo que determina si es sana o quizá deberíamos revisar nuestra gestión emocional.

2. ¿Cómo se llama cuando una persona se queja mucho? Dos tipos de queja

Antes de continuar, hemos de aclarar que hay dos tipos de quejas o de discursos negativos en este sentido. Por un lado, las quejas funcionales o justificadas y, por otro, las quejas disfuncionales o desadaptativas.

Las quejas funcionales o justificadas son las que nos ayudan a recibir atención y apoyo cuando lo necesitamos, y a detectar lo que no está bien para poner en marcha soluciones. Este tipo de queja busca resolver problemáticas. Es este el motivo por el que no quejarse “nunca por nada” tampoco es sano.

Por otro lado, encontramos las quejas disfuncionales o desadaptativas, las que nos cargan de malas energías, nos bajan el ánimo, nos alejan de la búsqueda de soluciones y producen malestar y estrés a quien se queja y a quienes la rodean. Es esa queja que se repite porque no busca y aplica posibles soluciones, sino que es más bien un bucle mental.

Cuéntanos en los comentarios, al final del artículo, con cuál de los tipos de quejas te identificas más: ninguna (¡hay que aprender a quejarse!), la justificada (¡muy bien!) o la desadaptativa (¡toca reaprender esto!).

3. ¿Cómo y por qué nos quejamos “por todo”? ¿Qué emociones esconde la queja?

Hemos de entender la doble dimensión de la queja. Por un lado es un discurso interno. Esto quiere decir que comprende lo que las personas nos decimos a nosotras mismas. Y por otro lado, puede ser parte de un discurso externo; lo que le transmitimos o comunicamos a las otras personas.

Aquello que hacemos, como tener pensamientos negativos o comportamientos de queja, tiene que ver con lo que estamos sintiendo. Y en este sentido, la emoción más visible en relación a la queja es el enojo (ira, enfado, indignación); y, de manera más profunda, la tristeza. Entender esto nos permite distinguir nuestras emociones y lo que hacemos con ellas para atenderlas, regularlas y tomar decisiones conscientes.

Cuando nos quejamos, estamos volcando la responsabilidad o la culpa de aquello que no nos gustó en la otra persona. Inconscientemente, nos estamos diciendo que no podemos aprender, cambiar o hacer algo al respecto para salir de esa situación que nos molestó.

En ocasiones, esto se hace para huir de sentimientos desagradables como el arrepentimiento, la tristeza que mencionamos antes o el miedo a haber hecho algo malo. Y si se suma con querer evitar afrontar aquello de lo que nos quejamos y tomar decisiones, la queja no resuelve nada: solo genera malestar.

El peligro de no detectarlo es que podemos hacer de esa queja un hábito en nuestro discurso interior y exterior. Quedarnos en un modo victimista que nos estanca y hace daño, tanto a quienes lo sentimos como a quienes nos rodean.

4. ¿Cómo actúa el cerebro en la queja?

Cuando la queja se convierte en hábito, es porque hemos convertido ese mecanismo fallido de resolución de situaciones en algo que consideramos útil. Sin embargo, no es útil, no resuelve el problema. Esto genera estrés, lo cual a su vez afecta a la formación de nuevos recursos, a la resolución de retos y conflictos, al aprendizaje y a la gestión emocional de forma sana y adaptativa.

A menudo se trata de un aprendizaje que hemos adquirido a lo largo de la vida al observar a personas de referencia o autoridad hacerlo. Imitamos el comportamiento y lo vamos interiorizando como un hábito en función de si es premiado o castigado. Y el premio a veces no es más que tener algo de lo que hablar, contar con la atención y compasión de otras personas, o encajar en un grupo al sumarnos a su discurso de indignación. A veces es la ausencia de “castigo” lo que nos mantiene en la queja: si me quedo en el pesimismo paralizante, no debo esforzarme.

Esto tendría que ver con la falsa zona de confort de la que hemos hablado en otras ocasiones. Falsa porque confortable no es esa zona. La primera persona que sufre en esa queja hecha hábito es la propia persona.

5. ¿Cómo dejar de quejarse y ser feliz?

Y ahora bien, ya hemos comprendido qué es la queja, cuándo nos convertimos en personas más bien negativas, qué emociones esconde este comportamiento y el peligro de que se convierta en un hábito, ¿verdad?

A partir de aquí, es natural que nos preguntemos: ¿cómo dejar de quejarnos y ser felices? ¿Cómo romper el hábito de la queja y adoptar conductas más saludables?

El primer paso es hacer una pausa y hacer un ejercicio de introspección. Además del enojo, ¿qué otras emociones aparecen? ¿Hay alguna de ellas que realmente corresponda a mi mochila emocional del pasado y no a lo que está sucediendo ahora exactamente? ¿Es posible que esté llevando una carga emocional adicional a la situación?

Es necesario mirar y sanar nuestro pasado. Así podremos dejar de enojarnos por motivos o con personas que no corresponden a lo actual, al momento presente, sino a otros momentos de nuestra vida.

El segundo paso es prestar atención a los hechos objetivos, a los sucesos concretos que han tenido lugar en eso que nos enoja hoy, en el presente, sin mochilas emocionales. ¿Cuál es la responsabilidad que tenemos en lo que está sucediendo y es motivo de nuestra queja? ¿Qué podemos hacer al respecto sobre lo que está sucediendo?

Es importante nuevamente hacer una pausa para evitar caer en la queja disfuncional o desadaptativa, para evitar que la queja se convierta en una barrera o un muro que nos impida tomar decisiones sanas para afrontar las situaciones que vivimos.

6. Dejar a un lado la negatividad para crecer personalmente

Si hemos convertido la queja en un hábito, es probable que no queramos cambiarlo inconscientemente porque supone un esfuerzo desagradable. Para salir de ahí hemos de tener el coraje de admitir que, quizás,  nos hemos equivocado.

En resumen: dejar de “echar balones fuera” para asumir la propia responsabilidad. Adoptar el compromiso de dejar a un lado la negatividad para crecer personalmente.

Cuando salimos de la posición de la queja disfuncional, encontramos muchísimas maneras de resolver situaciones. ¿Por qué? Porque asumimos que podemos hacernos cargo de sacarnos de las situaciones que nos enojan, que tenemos margen de maniobra, que podemos decidir y tomar acción desde el respeto, el aprendizaje y el crecimiento personal.

7. Cambiar la negatividad por la realidad y la acción

¿Qué has aprendido de este artículo? ¿Qué reflexiones te nacen al analizar tu propio comportamiento? ¡Recuerda no echar balones fuera! ¿Algún compromiso que adquieras contigo para mejorar? Responde en los comentarios, más abajo. ¡Te leeremos con cariño!

Y si quieres cambiar esa negatividad y esa queja recurrente por un pensamiento realista, amable y respetuoso, ¡podemos ayudarte! Reserva una sesión de primer encuentro (clic aquí) y valoramos tu caso para proponerte un plan de intervención adaptado a tus necesidades y propósitos.

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