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Cuida tus emociones, cuida de ti

Consejos para promover la alegría, el autoconocimiento y el optimismo

Chica feliz

Photo by Fuu J on Unsplash

Tomar un café por la mañana, acostarse bajo el calor de una manta un día de lluvia, salir de excursión por la montaña con un grupo de amigos/as, salir a cenar con un familiar… Estas acciones y situaciones podrían considerarse placenteras, ¿verdad? ¿Qué emoción asociaríais a cada una de ellas?

Si os habéis quedado en blanco, no es raro. A lo largo del tiempo se ha prestado más atención al estudio del miedo y la tristeza, por ser emociones que, de no gestionarse adecuadamente, pueden derivar en trastornos o enfermedades mentales, que al estudio de emociones positivas. De hecho, ¿cuántas emociones positivas sois capaces de enumerar y de asociar a un ejemplo? Responde en los comentarios antes de seguir.

Las emociones básicas positivas o placenteras

Empecemos por las emociones básicas llamadas, tradicionalmente, «positivas», entre las cuales podemos encontrar la alegría y la sorpresa. La alegría podríamos definirla como un sentimiento grato y vivo, el cual suele manifestarse con signos exteriores como palabras, gestos y actos movidos por el júbilo. La alegría, en resumen, es una emoción, y como toda emoción, mueve a la persona a la acción. Se trata, en este caso, de una emoción agradable y placentera cuya función es la búsqueda de la sensación de bienestar.

Para visualizar esta definición, imaginemos a una chica que espera en el aeropuerto la llegada de su hermano y, por fin, el hermano aparece por la puerta de salida. Ante este reencuentro sentirá alegría y su acción podría ser, por ejemplo, salir corriendo y lanzarse en sus brazos.

La sorpresa, por su parte, surge cuando sucede algo inesperado. Esta emoción puede ser agradable o desagradable, ya que dependerá del estímulo y de lo que éste nos evoque. En este caso, nos centramos en la sorpresa como una emoción placentera o positiva. El objetivo de esta emoción es preparar al individuo para afrontar de manera eficiente sucesos inesperados y sus posibles consecuencias. Funciona activando el sobresalto en la dimensión fisiológica e interrumpiendo los pensamientos, de manera que la persona centra su atención en el estímulo sorpresivo. A nivel más cotidiano, la sorpresa tiene como función activar la curiosidad y animar a la persona para investigar más.

A modo de ejemplo, podemos imaginar a un chico que sale de trabajar y, al llegar a casa, se encuentra la cena preparada y música relajante sonando de fondo que ha preparado su pareja. Siente sorpresa y se adentra en la casa, animado por la curiosidad y con ganas de averiguar lo que ocurre.

Las virtudes y fortalezas que nos definen

Los estudios sobre personalidad indican que tenemos patrones de conducta, pensamiento y emociones más o menos estables que nos ayudan a adaptarnos al entorno en el que vivimos. A este respecto, Peterson y Seligman (2004) hacen un primer acercamiento a lo que podríamos considerar virtudes universales, valiosas por sí mismas y educables.

Estas virtudes, ligadas a su vez a determinadas fortalezas, serían necesarias para conseguir una vida satisfactoria. Nos estamos refiriendo, por tanto, a la actitud con la que afrontamos lo cotidiano y extraordinario y a la capacidad competencial que mostramos ante las distintas situaciones y relaciones.

En esta línea, implicaría la identificación de los propios talentos personales, fortalezas y virtudes, la promoción de las mismas y el aprender a usarlas adaptativamente. Y qué mejor forma de empezar que conociendo estas virtudes universales, valiosas por sí mismas y educables, y sus fortalezas asociadas:

La virtud de la sabiduría y el conocimiento (cognición)

  • Curiosidad
  • Gusto por el aprendizaje
  • Pensamiento crítico
  • Ingenio
  • Perspectiva

La virtud del valor (emoción)

  • Valentía
  • Perseverancia
  • Honestidad
  • Entusiasmo

La virtud del amor y la humanidad (interpersonal)

  • Intimidad o amor
  • Bondad o generosidad
  • Inteligencia social

La virtud de la justicia (civismo)

  • Deber de cooperación y lealtad
  • Justicia o equidad
  • Liderazgo

La virtud de la templanza (protección)

  • Misericordia
  • Humildad
  • Prudencia
  • Autocontrol

La virtud de superioridad o transcendencia (significancia)

  • Aprecio por la belleza
  • Gratitud
  • Esperanza u optimismo
  • Sentido del humor
  • Espiritualidad

Vera Poseck (2008) señalaba, a este respecto, que a las personas nos definen cinco de las veinticuatro fortalezas mencionadas, por lo que lo aconsejable sería potenciar esas fortalezas propias que nos definen como personas.

¿Sabrías identificar las cinco que te definen a ti? ¡Responde en los comentarios antes de seguir!

Educar las emociones placenteras

La educación emocional es un proceso de enseñanza y aprendizaje, continuo y permanente, que tiene como objetivo desarrollar las habilidades emocionales necesarias para llevar una vida adaptativa y de bienestar personal y social. En consecuencia, la educación emocional engloba todo el ciclo vital de las personas, y es importante también para prevenir situaciones de riesgo o problemáticas relacionadas con las emociones, como, por ejemplo, la depresión.

Los objetivos de toda educación emocional son:

  • Adquirir mayor conocimiento sobre las emociones propias.
  • Identificar las emociones en terceras personas.
  • Aprender a regular las emociones propias.
  • Prevenir los posibles riesgos de las emociones negativas.
  • Aprender a generar emociones positivas.
  • Desarrollar la habilidad para la automotivación.
  • Adquirir una actitud positiva ante la vida.
  • Aprender a fluir.

Estos objetivos contribuirían, según estos autores, a una mejora del autoconocimiento y del autoconcepto. Y todo ello, promoviendo las siguientes competencias:

  • Conciencia emocional: aprender a observar el lenguaje verbal y no verbal para identificar adecuadamente las emociones propias y ajenas.
  • Regulación emocional: aprender a controlar las emociones a través de estrategias que eviten la represión y el descontrol, y que promuevan la expresión asertiva y la toma de decisiones responsable.
  • Autonomía emocional: aprender a situarse en el equilibrio de la dependencia y la desvinculación emocional de los objetos y personas.
  • Habilidad social: aprender a mantener relaciones con las demás personas a través de la comunicación y la escucha activa.
  • Competencias para la vida y el bienestar: aprender a asumir comportamientos que potencien el bienestar personal y social, que ayuden a solucionar los posibles problemas en los diferentes ámbitos de la vida.

La educación emocional, por tanto, es una tarea compleja que requiere de profesionales debidamente cualificados. ¿Cuáles son esos profesionales?

A quién acudir para mejorar

Es posible que tras leer este artículo te hayas quedado con la sensación de que no llevas una vida tan placentera y satisfactoria como te gustaría. Puede ser que necesites trabajar las competencias emocionales clave para poder llegar a ese estado.

Para ello, la ayuda profesional experta es importante. Sin embargo, ¿quién es el profesional que está debidamente cualificado para ayudarnos en estos casos?

En España, son las personas graduadas en Pedagogía las expertas en Ciencias de la Educación, lo cual engloba, indudablemente, la educación emocional.

Soy María, doctora en psicología y pedagoga terapeuta (col. 1443 en COPYPCV). Te invito a descubrir cómo trabajo haciendo clic en el botón rosa de abajo.

María de Oriéntate con María relajada, contenta y apoyando la cabeza sobre la mano

¿Cómo estás?

Soy María

Doctora en psicología y pedagoga terapeuta (col. nº1433 en COPYPCV) especializada en gestión emocional y procesos de superación personal. Compagino mi consulta online con la investigación científica en emociones, ansiedad, bullying y sus secuelas.

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