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Nunca fuiste débil, solo estabas sobreviviendo. Era lo único que podías hacer entonces. Tu cerebro está preparado para dar una respuesta automática a los sucesos peligrosos y traumáticos. Quizá te defendiste porque tenías opciones o huiste porque había una salida. Pero puede que no pudieras contar con ninguna de esas alternativas. Entonces, ¿cómo sobrevivimos? Nos congelamos o nos sometemos. Hoy voy a contarte las respuestas automáticas que llevamos con nosotros y que no son un problema salvo que esas respuestas se extrapolen a contextos no peligrosos o traumáticos.

1) El ataque

Imaginemos que hemos llegado a un nuevo colegio. Tenemos seis años y se acerca un grupo de niños más grandes para rodearnos y amenazarnos con hacernos daño. Quizá, nuestro cerebro percibe que estamos en el patio y que la profesora está cerca. Y puede que interprete que la mejor opción para sobrevivir es defendernos porque, de algún modo, ganemos o no, estaremos llamando la atención y esa atención podría detener esa situación, salvarnos.

Sin embargo, ¿qué ocurre si esa respuesta de ataque no previene ni detiene la situación amenazadora? ¿Y si esa agresión empieza a repetirse y prolongarse en el tiempo? Atacar puede dejar de ser viable. Del mismo modo ocurre en el entorno laboral.

Incluso en el familiar. Si una persona adulta nos lastima, por acción u omisión, es probable que atacar no haga que esa persona deje de herirnos. Existe un desequilibrio de poder muy grande entre la persona adulta y el niño que somos. Y no solo eso, estamos predispuestos a asumir que esa persona adulta que debe cuidarnos, debe cuidarnos. Es nuestro referente de protección. Y, ay… Cuando no lo es.

2) La huida

Situándonos en el escenario del patio del colegio pero con algunos cambios, vamos a ver la huida como estrategia de supervivencia. Imaginemos que somos un niño y que un grupo de otros niños se dirige hacia nosotros. Anticipamos que van a rodearnos, amenazarnos y probablemente hacernos daño. Ya lo han hecho antes. Entonces, nuestro cerebro asume que la mejor opción para sobrevivir es escapar.

La gacela que huye del león no es más débil por no enfrentarse. El objetivo básico es la supervivencia. Lo mismo ocurre con nosotros, los seres humanos.

En cambio, aunque en algunas ocasiones podemos escapar de esos niños, no podemos huir del colegio. Estamos atrapados. En el trabajo podríamos sentirnos del mismo modo. ¿Y en el contexto familiar? También. Son prisiones traumáticas para quienes sufren negligencia, abuso, acoso o maltrato. No se puede atacar y no se puede huir. ¿Qué nos queda, entonces?

3) El congelamiento tipo 1

Podríamos quedarnos en un estado de híper-alerta: musculatura tensa, ritmo cardíaco elevado, agudeza sensorial… Y cese de movimiento corporal salvo por la respiración. ¿El objetivo? Pasar lo más desapercibidos posible y detectar si existe una última vía de escape. En este estado aún percibimos que somos capaces de movernos, algo que, sin embargo, no ocurre en el congelamiento tipo 2.

Si las estrategias de ataque y huida se llaman «activas», esta que estamos viendo y las dos siguientes se denominan «de inmovilización». Estas últimas aparecen cuando el ataque y la huida no representan una opción viable. Por ejemplo, si vienen esos niños a hacernos daño y nos quedamos quietos pero evaluadores de todo lo que nos rodea. Si lo hace ese jefe que nos acosa. O si un familiar abusa de nosotros y nos quedamos rígidos pero atentos a cualquier movimiento por si pudiéramos escapar de allí.

Estas reacciones ante el peligro no las elegimos nosotros, sino nuestro cerebro, que está predispuesto a sobrevivir. Y normalmente, salvo que nos adaptemos a un entorno traumático, dejemos de estar en él y sigamos con las mismas reacciones, nuestro cerebro sabe mejor que nosotros cómo sobrevivir.

4) El congelamiento tipo 2

Como hemos comentado, en el congelamiento tipo 1 aún percibimos que podemos movernos. Sin embargo, en el congelamiento tipo 2 tenemos una sensación de parálisis. Nos sentimos incapaces de movernos, como si estuviéramos entrampados y sin posibilidad de éxito en nuestro intento de sobrevivir.

Se piensa que cuando esto ocurre, se activa nuestro sistema nervioso simpático, que es el que controla nuestras respuestas corporales, y nuestro sistema nervioso parasimpático simultáneamente, que es el responsable de que estemos en un estado de calma y conservación.

Si imaginamos que somos un niño pequeño y que un familiar entra en nuestra habitación para abusar física o sexualmente de nosotros, esta respuesta es posible que aparezca. No podemos huir, no podemos atacar y quedarnos en alerta no nos va a dar vía de escape. Nos quedamos paralizados, una conducta que vemos también en otros animales. ¿El objetivo? Hacernos «los muertos» por si eso hace que quien nos ataca pierda el interés en hacerlo.

5) La sumisión total

Esta respuesta aparece en un recurso último de supervivencia. Es posible que todas las demás reacciones no nos hayan servido y solo nos quede mitigar o hacer desaparecer el dolor. Para ello, se activa nuestro sistema nervioso parasimpático: la sangre se retrae de las extremidades, el corazón se desacelera y el torrente sanguíneo recibe, en palabras de Sandra Baita, opiáceos endógenos. ¿Qué efecto tiene esto en nosotros?

El efecto no es otro que una sensación de embotamiento y anestesia, así como de distanciamiento de la realidad. Como si nuestra reactividad emocional quedara aturdida y nuestra capacidad para sentir, también física, quedara mermada. En momentos intensos de esta reacción de supervivencia podrían llegar a darse vómitos, desmayos o falta de control de esfínteres.

Es decir, nuestro cuerpo y nuestro cerebros están predispuestos a la supervivencia. Para ello, cuenta con reacciones de activación y de inmovilización. Las segundas aparecen cuando las primeras no son viables. No elegimos nosotros, porque sobrevivir requiere de reacciones rápidas.

El trauma complejo

Cuando hemos experimentado estas reacciones de supervivencia de manera continuada o repetida en el tiempo, es posible que desarrollemos estrés postraumático. Nos adaptamos a un entorno amenazante o ausente de vínculos emocionales estables y seguros a través de esos síntomas postraumáticos. Nos ayudan a seguir adelante, vivos.

El problema aparece cuando ya no estamos en ese entorno peligroso pero esas reacciones aprendidas se quedan con nosotros de forma instintiva. Cuando señales aparentemente cotidianas hacen, sin que podamos hacer nada por evitarlo, que se active alguna de esas respuestas al peligro que hemos mantenido para sobrevivir.

El trauma complejo es como algunos autores llaman a la adaptación lógica a un entorno amenazante, donde el factor amenazante es otra persona. Ocurre en los casos de negligencia o maltrato infantil, pero también en situaciones de acoso escolar o laboral. Se vuelve especialmente severo si, además, parte del problema es la persona la que estamos vinculados por el apego: un padre, una madre o cualquier otra figura cuidadora de la infancia.

Te invito a reflexionar sobre esto en los comentarios, querido lector. Aquí te dejo algunas preguntas para ayudarte con ello:

¿Conocías estas respuestas naturales y automáticas de supervivencia?

¿Alguna vez has pensado que eras débil por no enfrentarte a una situación difícil directamente?

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