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La ira es una respuesta emocional básica y funcional ante una amenaza. Pero, ¿qué hacer cuando algo te enfada y no paras de darle vueltas? Eso trataré en este artículo.

Antes he dicho que la ira es una emoción funcional, la cual puede motivar la defensa contra una amenaza realista o inspirarnos para expresar, compartir y afrontar un problema que tenemos.

Todas las personas nos hemos sentido enfadadas en algún momento, o muchas veces, y sabemos que no es una emoción placentera. La ira surge como respuesta a dos tipos de situaciones distintas: cuando alguien nos perjudica de algún modo y cuando una persona importante para nosotras sufre.

La ira como respuesta al perjuicio propio se denomina ira personal. Si se regula adecuadamente, la emoción permanece una media hora antes de permitirnos afrontar de forma asertiva y resolutiva la situación que nos genera dicho sentimiento. Sin embargo, a menudo nos lleva a reacciones agresivas, ya sea por defendernos o por castigar a quien nos ha hecho daño.

La ira empática es la otra cara que tiene esta emoción, muy ligada a la indignación sociomoral que ya abordaré más adelante, en otro artículo. Nace de la empatía, de la percepción y comprensión del daño que sufren otras personas. Las acciones que asumimos tienen por objetivo deshacer el daño, compensar a la víctima y castigar a las personas responsables del daño.

Y es que, efectivamente, la ira está íntimamente ligada a la empatía. La empatía mueve la respuesta emotiva por encima de la indignación moral. Del mismo modo que el daño a una persona querida provoca más ira que si se le hace a una persona externa al grupo familiar o de amistad.

Por tanto, aunque la ira suele encajarse entre las emociones negativas, solo se convierte en problemática cuando es excesiva, es decir, cuando nos genera malestar emocional o la expresamos a través de conductas agresivas impulsivas. En ese caso, es posible que estemos cayendo en la rumia de la ira, en ese darle vueltas a lo que nos enfada.

Rumia de la ira: darle vueltas a lo que te enfada

Seguro que alguna vez, o muchas veces, os ha pasado algo que os ha enfadado y no habéis podido parar de darle vueltas. El proceso, en realidad, empieza por recordar y revivir el episodio que nos provocó la ira, sigue por alimentar pensamientos que incrementan dicha emoción y termina por ensayos mentales de posibles respuestas o actos de venganza.

A ese proceso o fenómeno se le llama rumia de la ira. Los efectos de rumiar la ira incluyen un aumento de los sentimientos de enfado, tendencia a pensamientos relacionados con la amenaza y agresividad, respuestas cardiovasculares como la presión arterial y comportamientos agresivos.

Y es que, efectivamente, la rumia de la ira se relaciona con las conductas agresivas físicas, verbales y hostiles. Como ya sabréis, las agresiones físicas engloban todo acto físico intimidatorio que puede generar un daño a la otra persona, como empujones, golpes, agarrar con fuerza o zarandear a alguien; y las verbales hacen referencia a gritos, insultos y conductas similares.

La hostilidad, que es un concepto menos popular, se define como la desconfianza, cinismo, creencias y atribuciones negativas sobre las demás personas o sus intenciones. En otras palabras, es la tendencia a sentirnos atacados/as y ponernos a la defensiva, habitualmente contra personas que ni siquiera tienen relación con la situación inicial que nos produjo la ira.

Autocontrol, autodominio o regulación emocional

El autocontrol es la capacidad de alterar, modificar o gestionar adecuadamente los pensamientos, emociones y comportamiento, con el fin de seguir las normas sociales, valores morales, estándares personales y apoyar la búsqueda de objetivos a largo plazo.

Se sabe que las personas que tienen un mayor nivel de autocontrol tienen niveles más bajos de conductas agresivas. En realidad, es algo que tiene bastante sentido y que probablemente ya supierais. Sin embargo, uno de los factores que median entre el autocontrol y la agresividad es, precisamente, la rumia de la ira, y eso ya no es tan conocido, ¿verdad?

La educación emocional es importante a lo largo de toda la vida de las personas. Los/as profesionales de la pedagogía, personas expertas en ciencias de la educación, son quienes están debidamente cualificados para dicha labor. Si sientes que tienes problemas para identificar, expresar o regular tus emociones, contacta con tu pedagogo o pedagoga de referencia. 

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