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En los últimos meses he recibido preguntas sobre cómo superar la falta de amor materno, cómo alejarse de familiares tóxicos o incluso de madres o padres narcisistas. A menudo no se trata de personas que maltraten de forma activa, con golpes, insultos o abusos físicos o sexuales. A veces se trata de negligencia, de la ausencia de amor y cuidado, de un maltrato que no por ser menos visible es menos grave. Aquí te cuento por qué.

Ya hablamos, hace un tiempo, de la importancia de tener un vínculo de apego seguro. Es en nuestra relación con otros seres humanos donde aprendemos. Aprendemos a regular nuestras emociones, a entendernos a nosotros mismos y donde creamos nuestras expectativas del mundo que nos rodea. La base de todo eso se encuentra en nuestra conexión con ese padre, esa madre o esa persona encargada de cuidarnos, educarnos y atendernos cuando nacemos. Pero, ¿qué pasa cuando esa conexión es tóxica, ausente o negligente?

La negligencia, siguiendo a Sandra Baita, es una forma de maltrato que se pierde en lo estridente e intolerable de otras formas de violencia. Es silenciosa. No hace ruido hacia fuera. Y no puede ser descrita con palabras. La negligencia es la persistencia de necesidades que no se cubren. La palpa primero el cuerpo con todo aquello que no recibe, sean alimentos, caricias o hábitos de cuidado. Y las aprende nuestra mente.

No es fácil describir lo que no existe pero debería haberlo hecho. Quizá por eso sea una forma de maltrato que pasa tan desapercibida. La negligencia es omisión. En palabras de Baita, faltó mucho o faltó todo en un universo infantil que no sabía que tenía derecho a recibir lo que le estaban negando. Algunas personas pueden llegar a expresarlo de este modo:

«Quería que mi madre desapareciera, pero cuando amenazaba con abandonarme me ponía muy triste.»

«No sé lo que es celebrar un cumpleaños.»

«Tengo la sensación de que nunca me abrazaron, pero no sé si es cierto.»

«No creo poder decir que haya tenido una infancia familiar feliz.»

“Cosas como que tenía que lavarme los dientes o cómo tenía que lavarme el pelo las aprendí cuando me quedé a dormir en casa de una amiga.»

En Estados Unidos se estima que más de un 70% de los casos de maltrato infantil se producen en forma de negligencia. Y esta negligencia, este maltrato por omisión, provoca mucho más daño en el desarrollo que otras formas de maltrato más reconocidas. Aquí van algunas de sus heridas emocionales más frecuentes:

1) Falta de seguridad en uno mismo

Un menor que nace y crece sin amor, no puede aprender que es digno de ser amado. No importa si esa omisión la ha percibido al sentirse ignorado o criticado de forma estable en el tiempo, el daño se produce del mismo modo. Los seres humanos aprendemos a cuidarnos como nos cuidaron y a hablarnos como nos hablaron. Y esa voz materna o paterna que no nos ama nos está enseñando lo que no somos: inteligentes, capaces, amables, dignos. Y esa voz que asumimos como propia, con el paso del tiempo, empieza a socavar nuestra autoestima, nuestras relaciones, nuestros logros y expectativas del mundo.

De hecho, es bastante frecuente, en estos casos, el síndrome del impostor (clic aquí), esa sensación de estar engañando a la gente y ese miedo por que puedan descubrirnos de repente. Es posible que esto ocurra porque, en entornos negligentes, por más que el menor se esfuerza por hacer las cosas bien, por poder contar con sus cuidadores, no recibe una respuesta consistente, sana y estable. Esa falta de acción-consecuencia estable, esa ausencia de reconocimiento a nuestros logros, dificulta que nosotros mismos nos sintamos capaces de lograr otras cosas en la edad adulta.

2) Dificultad para establecer límites

Si naciste y creciste en un entorno negligente, es posible que hayas tenido alguno de estos pensamientos en algún momento de tu vida: «siempre termino volcándome demasiado en los demás», «al final consiento y perdono demasiado», «suelo llevarme una decepción conmigo o con otras personas, no hay forma de hacerlo bien». Habitualmente se debe a un desconocimiento en cuanto a cómo establecer límites entre lo que damos, permitimos y priorizamos.

A nivel emocional, la persona que ha nacido y crecido sin un vínculo de apego seguro puede volverse temerosa o despectiva. La persona temerosa busca activamente relaciones cercanas pero, al mismo tiempo, teme la intimidad en todos los niveles. Suelen percibirse extremadamente vulnerables y tienden a tener comportamientos dependientes.  En el caso de volverse despectiva, la persona se blinda y separa, a la defensiva, de las demás personas. Es una conducta evitativa que pretende proteger a la persona de ese abandono emocional que tanto daño le hizo en el pasado.

En ambos casos, la persona está dificultándose el tipo de conexión emocional que podría acercarlos a la sanación de esas heridas o a la superación de esas secuelas de la negligencia.

3) Dificultad para mirar(nos) con objetividad o compasión

A menudo, las personas que han sufrido negligencia, la ausencia de amor o cuidados, pueden reaccionar de forma exasperada ante desaires reales o imaginarios. En este sentido, un comentario aleatorio puede tener el peso de su experiencia pasada sin que esa misma persona se dé cuenta. En estos casos, los cambios personales ajenos pueden percibirse como abandonos emocionales y desencadenar una reacción aversiva intensa. También puede ocurrir que un comentario inocente se perciba como una tragedia para lo que no existe solución posible. Como una puerta que se abre y permite que todo se inunde de dolor.

Esta intensidad en las relaciones con otras personas se traslada a la relación con uno mismo. La persona puede tener altibajos profundos, dificultad para regular las propias emociones. Y, si algo hace que la persona se sienta mal, es posible que aparezca la rumia, es decir, ese darle vueltas y vueltas a lo que ha pasado. Y esa rumia suele acabar en una suerte de autorreproche donde el problema es la propia persona que se siente mal. A veces, incluso, se reprocha el propio malestar. Se trata de una mirada distorsionada, dolorosa y poco amable o compasiva.

Este aprendizaje también se adquiere en la infancia y en la adolescencia. En cómo el entorno familiar y escolar enseñó a regular y gestionar los retos cotidianos de la infancia y adolescencia. Quizá tuviste una infancia escolar y familiar feliz, pero tal vez uno de esos entornos falló. Si fue el familiar, por omisión, es posible que sufrieras negligencia. Y si fue así, espero que este artículo te haya ayudado a comprenderte mejor.

¿Se supera? Sí. Con terapia, de mano de un profesional respetuoso y amable, que sepa guiar esos nuevos aprendizajes que mereces. Con un vínculo de apego seguro es posible reparar el daño y superar esos aprendizajes del pasado.

Recuerda que, a pesar de lo que hayas aprendido, eres una persona digna y merecedora de amor. También del tuyo propio.

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